SANTÍSIMO CRISTO DE LA REDENCIÓN

                                                                                                                 

ADVOCACIÓN

En la reforma de estatutos de 1984 se incorporó al título de la Archicofradía la advocación del Santísimo Cristo de la Redención. Esta denominación coincidió con la declaración de ese año como "Año Jubilar de la Redención", por decreto de S.S. Juan Pablo II, y conmemorar así el MCML aniversario de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. La denominación "Redención" justifica el sacrificio de la Pasión del Salvador.

ICONOGRAFÍA

La escena representada corresponde a Jesús clavado en la cruz, muerto ya y en ese momento exactamente después de la expiración, un instante denominado plenitud mortal. Su autor, Juan Manuel Miñarro López lo describe como una relajación de las estructuras anatómicas anteriores a las transformaciones cadavéricas, incluso el rigor mortis.

Refiriéndose a la propia iconografía de Jesús muerto en la cruz, Juan Manuel Miñarro asevera en su tesis doctoral: “No tendremos dudas en afirmar que es la expresión más perfectamente elaborada de toda la historia del arte. Extraordinaria y fiel interpretación del DIOS-HOMBRE … su misión es docente y por lo tanto ha de emocionar y despertar amor en el hombre de la calle que de esta forma asimila su mensaje y lo hace suyo” [1].

COMPOSICIÓN

Si prestamos atención al boceto en barro que fue entregado por el autor a la cofradía, apreciaremos diferencias sustanciales entre lo que debería haber sido y lo que fue finalmente el crucificado de San Juan. Algo en la posición de los brazos -casi paralelos al madero- lo situó en una escala iconográfica distinta, que ponía todo el énfasis en la interpretación simbólica de la advocación -Redención-. Un Cristo de brazos extendidos, dispuesto a abrazar a la humanidad. Aquí, la consistencia de sus argumentos venían del estudio del maestro Miguel Ángel Buonarrotti: Al referirse al crucificado realizado para el Hospital de Santo Spirito, Miñarro apunta: “Es la visión del tormento ennoblecida para lo que después encontramos en sus obras. Los brazos alineados con el travesaño no parecen soportar el cuerpo muerto del Redendor, que además tampoco acusa los síntomas de martirio” [2]. No es muy absurdo considerar que esas palabras resultaron premonitorias de la escultura que Miñarro aún no había concebido.

También preocupó al escultor la composición mediante unas formas circunscritas a un limpio orden geométrico -como en el hombre de Vitruvio del maestro Leonardo-, partiendo de una simetría perfecta que acaba confiriendo a la imagen impronta de icono y símbolo: “Si la figura la inscribimos –en nuestro afán compositivo, que viene dictado por nuestro ideal y genio-, en un triángulo cuyo vértice sean las manos y los pies, el eje del cuerpo es la altura del triángulo, que los brazos presenten el mismo ángulo con dicho eje y además marche casi paralelos con el lado o travesaño de la cruz… Conseguiremos una figura serena, sensación de resignación y no lucha, tal vez la majestuosidad de un Cristo Rey del Románico o la serenidad clásica que respiran algunos crucificados del Renacimiento” [3].

[1, 2 y 3] MIÑARRO LÓPEZ, Juan Manuel: Estudio de anatomía artística para la iconografía del crucificado en la escultura. Dirigida por Juan Abascal Fuentes. Tesis doctoral inédita. Universidad de Sevilla, Facultad de Bellas Artes, 1987.